Voces

Victoria Nasisi: política y cuerpo

Victoria Nasisi es escritora. Trabaja como secretaria en la TV Pública argentina y utiliza su página de Facebook para publicar textos. Ha publicado dos libros: Amores Locos (Editorial Gogol 2014) y Palabras que cortan (Editorial Textos Intrusos, 2015).

Es una mujer combativa, arraigada irremediablemente a su voz política. Exploradora de su sexualidad y militancia, siempre dispuesta a ampliar la mirada, a ir más lejos.

La escritura de Victoria, que arranca de la cotidianidad, atravesando el universo descriptivo con una identidad tan firme, siempre traduce verdades de las que nos hacen tragar saliva.

En su texto ‘La Manzana’, viaja hasta su infancia para traernos otra cuestión fundamental: lo personal es político.

 

La Manzana

Cuando era pequeña, en casa no había más postre que una fruta. Era muy raro que pudiéramos deleitarnos con algún flan de cajita, casi imposible degustar un Serenito. Y los helados estaban circunscriptos a la casa de los abuelos.

Mamá solía variar la fruta en cuestión. Sandía (sin mezclarla con vino, por supuesto), uvas y ciruelas en verano. Mandarinas en invierno. Manzanas todo el año. 

Con mi hermana solíamos disputarnos desde las papas fritas del plato hasta el amor del lejano Luis Miguel. A lo lejos interpreto que nuestro sueño consistía en caminar por una playa de Acapulco abrazada a Luismi que nos aseguraba, además del amor de un galán la billetera que nos permitiría todas las papas fritas del mundo. Confieso que siempre la engatusaba diciéndole que mi novio era Luis Miguel y el de ella un hermano mellizo del cantante “igualito, igualito”.

También nos peleábamos por las manzanas. La más lustrosa, la más grande, la más jugosa. La que mantuviera el tallito que la había unido alguna vez a la planta madre.

Ese brote era fundamental para nosotras. Solíamos sentarnos en las hamacas del fondo, debajo de la glicina repleta de flores violáceas, fruta en mano. Rodillas sucias, polleras cortas, colitas desparejas, flequillos que tapaban los ojos, pechos apenas asomando. Hormonas que desbocaban los pensamientos, sin conocimientos certeros acerca del sexo pero intuyendo que “algo más había”.

La ceremonia consistía en elegir el nombre de alguno de los chicos que nos gustaba y comenzar a girar, despacito, el tallo en cuestión. El conjuro era el mismo que se utiliza con la margarita: “Me quiere mucho, poquito, nada”. Vuelta tras vuelta, hasta que se desprendía del fruto y ahí estaba la verdad. El oráculo se expedía. Y para nuestras mentes afiebradas ese fallo era inapelable. Pasión eterna o el abismo del olvido. 

Hacíamos trampa, claro. Especulábamos con la rigidez o la blandura del tronquito y le dábamos distintos niveles de energía a la muñeca para lograr el resultado anhelado. Nos convertimos en expertas fulleras del amor.

Veinte años después, cansada de la ciudad y sus rutinas, me subí al carro de la rebeldía y me negué a cocinar. “Ceno una manzana”, dictaminé. La heladera me mostró una frutera repleta, a cual más lustrosa y colorada. Por supuesto, elegí aquella que tenía cabito. Y sentada en el balcón, escuchando a un Luis Miguel que parece haberse comido solo todas las papas fritas del mundo, me puse a jugar a la ruleta de la niñez.

Elegí el nombre del que ronda hoy por mi cabeza y tomé suavemente el tronquito entre mis dedos. Sólo dudé un instante. Con todas mis fuerzas, lo hice girar y se desprendió en el primer intento. Justo como yo quería. 

“Me quiere mucho”, decreté. En tiempos de decretazos, no estaba dispuesta a quedarme afuera.

 




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