Voces

Marina Hernández: cómo escribir la intimidad

Marina Hernández (Madrid, 1989) tiene muchos nombres. Ella es una suerte de multiverso y así hay que entender su escritura. Observa el mundo: con lupa o desde lo alto de una montaña. Se formó como periodista, pero la literatura despierta en ella la pulsión necesaria para la búsqueda y para la creación. Escribe diarios y así se ha convertido en una escritora de la intimidad. Hey Hey World fue su cuaderno digital, aunque actualmente anda inmersa en otros desafíos.

Viajó por Sudamérica durante catorce meses y de aquella etapa surgieron cosas imprescindibles como su primer libro 'Lava no arde', un diario de viaje  autoeditado artesanalmente, que habla del paisaje como del cuerpo y viceversa. Un mundo lleno de viento. 

Crea. No deja de crear. El último proyecto de Marina es Maitena Caimán, un hogar de escritura donde se refugian mujeres escribientes a explorar sus voces. Porque ella también es eso: un puente. De un lado y otro del Atlántico, se relaciona con escritoras latinoamericanas y españolas y las hace encontrarse en un mismo espacio. 

Presentamos una compilación de fragmentos de su diario de viaje (todavía sin título). Una radiografía de Italia en la que no encontraremos relatos de acontecimientos superficiales llenos de orden. Sino el caos que provoca una mirada inteligente sumergiéndose en un lugar nuevo. La mixtura de voces que componen un viaje que es, inevitablemente (y como diría otra gran escritora), hacia adentro. 

 

"Vengo a Italia con la ligera certeza de que me dirijo al sur, pero también puede no ser. No preparo nada. Nunca he visto un mapa a escala de esta tierra de cerca. Mi padre me pregunta acerca de un recuerdo de infancia y no sé qué responder. Me doy cuenta de que lo primero que perdemos son los nombres. En cualquier caso: lo que difiere en este viaje de todos los anteriores es que no le pido nada.  A todas partes me llevo mi expectativa: huyo, bailo, pienso o escribo. El único indicio de que me voy es esta mochila ligera que cargo conmigo y nada más. No espero nada. Me alejo de un lugar no para aproximarme a otro sino para poder mirar mi hogar a lo lejos. También se viaja para perder lastres. Veo carteles en otro idioma y me sorprendo de haber atravesado un mar y una lengua en tan poco tiempo. No le pido a mi cuerpo nada. Non-agir. La no-acción. Ni siquiera el dolce fare niente, aunque ahora lo piense y me parezca una buena idea. Ahora sé que solo existe fluir, como el agua que llena todos los espacios, completamente maleable porque carece de forma". 

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"Los viajes son como capas que uno va reuniendo en torno a su centro. Lo que yo digo y hago traspasa estas capas que son traslúcidas y permeables. Cada palabra que escribo lleva implícito el cielo gris en Lima, el bosque de Vilcabamba, las flores en los tejados de Hoi An, las islas a solas en Palawan, los ocres de Errachidia, la soledad gigante de San Petersburgo y el cauce de un gran río en Lisboa. Cada trazo de esto que digo (porque lo digo en papel) se ha empapado de todos los acentos colectados. Ese es mi todo: en cada palabra que escribo está el gesto del hombre en el parque o las manos enrojecidas de las mujeres que baten la ropa a pie de agua. Y la mirada del cordero. Y la mano que siembra. Y las noches sin luz".

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"Los lugares en tránsito: las escaleras de las iglesias y del metro los túneles y los halls de hospitales los centros comerciales y aeropuertos. Los parkings. A veces la noche nos sorprende en ellos y tenemos que habitarlos: nada nos hace sentir más extranjeros que habitar uno de estos espacios sin nombre propio.

Hace frío en el aeropuerto de Roma Ciampino. Los no-lugares están siempre a la temperatura de las máquinas y no de los cuerpos. Siempre a la temperatura de los tránsitos. Pero entiendo: es en los aeropuertos, en los desiertos o en las grandes urbes que nos fagocitan donde con mayor anhelo regresamos a nuestra primera y única casa: la escritura".

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"Ayer en Amalfi ascendimos las terrazas de los limoneros y al regresar al pueblo nos sorprendieron dos hechos: el sonido del agua pasando bajo nuestros pies y el aroma a incienso prendido en las casas. Ahí no hay pensamiento. El cuerpo comprende por sí mismo lo que significa.

Y ve: un almendro en flor junto a nosotras.

Escribir como el deseo que si no se satisface, se frustra. Me erotiza la conciencia de hacer esto: la creación. Entre la realidad y la palabra existe una sola cosa y es mi cuerpo.

Le digo a Gabriela que el deseo vale por sí mismo la oportunidad de no llevarlo a cabo. De no satisfacerlo. Sé que es cierto. El deseo merece la pena por sí mismo".

 




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