Voces

Laura Sanz Corada: la voz del Sur

Si se le pregunta cualquier cosa, ella construye un poema. Así es Laura Sanz Corada: la poesía que emerge de forma irremediable. Su abuelo fue (y sigue siendo) poeta y le transmitió el secreto. Aunque su primera escritura nació con los cuentos sobre animales y tribus que relató durante la infancia. Evocaba la sabana y allí, en un paisaje imaginario, traducía su visión de la injusticia. Más tarde, desde la necesidad de entender sus emociones, se encontró con la poesía. 

Cambiar el mundo fue la razón por la que quiso ser antropóloga. Sigue formándose en el terreno de las ciencias sociales porque cree en la posibilidad de transformación. En la escucha y el diálogo como puentes. Esta confluencia entre lo social y lo personal, lo antropológico y lo artístico, se traduce en una voz propia. En ella coexisten la fuerza y la suavidad. La denuncia y el desfallecimiento del cuerpo. La lucha y la búsqueda de cobijo. 

Ha realizado cursos de escritura en Granada y ha recitado poesía en vivo tanto en España como en Uruguay. Tras una estancia en Montevideo y un viaje por Latinoamérica, recopiló sus poemas en un libro llamado Bruma Calima. Algunos pueden leerse en su página Saberse Sur

Es allí hacia donde siempre mira: el Sur. Sus próximos destinos: India y Argentina

Aquí puede leerse una de sus composiciones. Hay relato. Hay también un diálogo interno que va convirtiéndose, irremediablemente, en un poema.

Algolagnia

Bebo tanto café. Me ayuda a matar árboles ajenos - árboles que son monstruos, que son falsos, que son de nadie y míos, tan míos.
Hoy he vuelto a despertar en esta cama tan alta y de dos: pero era una sábana blanca bajo mi espalda, el verano entrando por la ventana que me olvidé cerrar anoche. Y "he vuelto a olvidar regar las plantas" le digo a M "¿morirán?"
Él me mira con ojos azules (llenos de lago) tristes (de nacimiento) y cansados (de trabajar) y me dice "lo que necesitan es que las saques un poco al sol".

Hay veces que pienso que M es una planta. Leve, posa sus raíces y se deja alimentar en el útero del mundo. Tiene rasgos de Orígenes, tiene en la cara sedimentos de una tierra paralela, un dolor palpable en el entrecejo y una verdad: "no te mueras" le digo "recuerdo perfectamente cuando te conocí junto al río, recuerdo que me hablabas en un idioma peninsular asiático, recuerdo que los chasquidos de la lengua se te acumulaban en las frases y..."
Me dijo "voy a meter los pies en el agua, voy a zambullirme, voy a nadar hasta la otra orilla" agarré su copa de vino y le dejé marchar, como hace cada amante cuando no le escuchan y le sustituyen por lo líquido.
"No te mueras"

¿Quién era M y por qué apareció cuando mi cuerpo se estaba volviendo puñal en el mundo? Hacía unas semanas que no era capaz de identificar los viajes de los continentes y ma abrumaba la pereza del conflicto. M llegó sereno, con ojos negros que habían sido azules, con una nariz tibia, suave, que había sido punzante en otros lugares, con unos labios del color del tronco del olivo (estos siempre habían sido así, de aceite). Al principio le tuve miedo porque supo señalar unas cuantas verdades y un dolor íntimo
"extrañas a tu madre" dijo
"qué fácil, eso no es de ningún mago"
"no puedes abarcar tus dudas porque no te dan los brazos, no puedes abrazarme porque no te da el amor"

Estaba claro que no había reparado en cómo le miraba: escondida detrás de cualquier objeto, momento, persona, yo siempre le miraba con unos celos insostenibles. 
"Te quiero, te quiero, cerca, cuando te quedas, cuando es domingo, cuando me duele, te quiero, así, en la brecha de los días de lluvia y el apagón de tormenta, en el espacio roído, te quiero" 

*

Empezó la ruta y jamás le mencioné las palabras. Todo sentimiento surge de un momento íntimo y onanista para el que se necesita espacio: ¿cómo iba a contarle de mi corazón, de mi camino? ¿cómo iba a compartirle mi pecho contraido, mi cordón umbilical sin ubicar? si le decía que no tenía sitio en el mundo, si le decía que su compañía me daba tanto placer como congoja, resolvería la ecuación en su cabeza y saldría corriendo pie tras pie. Así que me callé.

¿Quién es, entonces, esta persona que me acompaña? a veces son mis suspiros los hombres y las verdades. Mi sexo se propaga hacia las tierras no colonizadas, bebo del climax en dos segundos y me digo: no hay remedio para la huida.
Miro a M. Duerme en una litera, sediento. Puedo saberlo por el ritmo de su respiración. Se deja abanicar suave, deja que el aire entre y lo acoja, entre y lo mate, entre. Podría escapar ahora y dejarle una nota en los zapatos. Decirle cosas como "me quiero, me quiero, lejos, cuando me voy, cuando es miércoles, cuando me seduce, me quiero, así, en la unión del verano y los pies descalzos, en el tiempo aprendiz y joven"
Pero no puedo confesar a nadie que me enamoro rápido y con miedo. No puedo confesar a nadie la contradicción de quererme y sentirme frágil. 
No puedo confesarme el egoísmo.

Cuando le di la mano a M por primera vez, después de haberla guardado durante mucho tiempo en el bolsillo trasero, me quedé impactada por el sonido. Hacía tanto que no sacudía el brazo de alguien que me había olvidado de lo que se puede descubrir en ello. Se abrieron todas las ciudades de golpe: pude ver dónde se había amamantado y la calle en la que había descubierto que ya no era adolescente. Pude verle sentado en la arena, agarrando la tela de su madre y bebiendo cuatro vasos de té seguidos.
Le volví a sacudir los dedos huesudos. Se rompió su exilio.
Me dejó de mirar.

¿Cuánto hace que no habla? se sienta a mi lado y me deja ser. 
Le escucho pensar "¿por qué no lo intentas más fuerte? lo de escribir, digo" le escucho cuando apoyo mi cabeza en su hombro "atrévete a salir, enséñate, hazte tuya y del mundo" no entiendo por qué quiere decidir por mí desde su secreto, y me enfado. Me hago pequeña en las inseguridades propias que M ve en mí, me retraigo, dejo de respirar y me fundo en su hombro.

*

Son las doce. Doce y veintidós. Estoy tirada bocarriba con los ojos abiertos mirando el techo. Disecciono cada momento. La boca de M abarcando el cuerpo. La boca, llena de savia, rozando el hombro. El hombro sagrado, el hombro de oro, el hombro mágico a partir de ahora. He abandonado a M. Le he abandonado a la ausencia de unas manos. Le he dejado tirado para poder poner la atención en mí, sobre mí. He recogido un pedazo de mi ombligo y lo he besado puñal a puñal. Me he visto enredada en el climax, en la grieta insaciable. No es tan difícil de entender, ¿o sí?
necesito rebosar

aparecen después los celos

¿cómo se toca esta mujer?
¿se mira en el espejo de su madre?
posa sus dedos, de dos en dos, en lo cabal del nudo
el encuentro de armas
la verdad encontrada.




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