Voces

Elena Alonso: relatos de una mujer que escupe flores

Elena Alonso es una de esas personas que no dejan indiferente a nadie. Su escritura es ácida, punzante, transparente y profunda. Su página de Facebook y su blog son seguidos por miles de fans y utiliza cada espacio que habita (digital o no) para ser quien es, para expresarse con toda esa libertad que en un mundo de apariencias, abruma y conquista. No tiene pelos en la lengua ni pretende tenerlos. Ha publicado dos libros: ‘Viajamor 1: La dejó plantada y le crecieron flores’ y ‘Viajamor 2: La putrefacción de las cosas’, ambos éxitos editoriales. Giró por España y Latinoamérica, llevando con ella toda su capacidad para conmover. 

Vive como siente y eso no todo el mundo lo entiende. Se han cuestionado su sexualidad, su maternidad o su forma de pensar. Y todos esos juicios no son más que oportunidades para reafirmar que está en el camino. En su camino. Si le disparas, te escupe flores en la cara. Así es Elena. La fuerza vital que explota. La escritura primaria y natural, tan desde dentro. La mujer que pasa en el estómago y en el corazón y en la cabeza y esas tres mujeres peleándose. 

Escribió un relato llamado A qué huele el coño que fue leído en todo el mundo. En él contó una experiencia desde la cual tradujo una reflexión muy interesante sobre los comentarios machistas. En Fatale hemos querido publicarlo junto con Mis dientes de leche, un texto en el que Elena deja una impronta muy significativa sobre la relación que tiene con su hija y por tanto, sobre su forma de enfocar la maternidad. Siempre con ese subtexto suyo, brindando mensajes sobre cuestiones elementales de la vida. 

Pueden leer sus textos en su blog o comprar sus libros. Ella está allí y en todas partes.

 

A qué huele el coño

El otro día, después de una comida muy agradable con gente muy bonita, a orillas de un volcán, un hombre joven, guapo, inmerso en el mundo "espiritual", quiso hacerse el gracioso con un chiste sin ninguna gracia.
Yo, en luna roja, estaba delante.

La frase fue ésta:

"Me imagino a esa mujer sin bragas paseando en bicicleta y un hombre preguntándose: "¡chacho! ¿y ese olor a pescao?”"

A lo que siguieron unas risas forzadas cómplices de cualquiera que quiere hacer una gracia, diga lo que diga. Así de estúpid@s somos a veces los hombres y las mujeres. Tenemos tanto miedo a no ser aceptad@s por la manada que vivimos en contra de nuestros deseos, de nuestras ideas, diciendo sí cuando queremos decir no, riendo sin ganas, asintiendo con la cabeza mientras l@s otr@s hablan, sólo por no ser echados del grupo.


Por no quedarnos sol@s. Es un instinto de supervivencia que viene con nosotr@s. Sol@s, en el Paleolítico, no sobrevivíamos. Y puede que hoy tampoco.

Pero yo creo que se puede un@ arriesgar a decir lo que piensa. Creo en el acto subversivo de no reirle a alguien las gracias en público. A riesgo de ser expulsada . Confío en el camino anchísimo que se abre al vivir sinceramente.

Así que, ese día, contesté:

"Mira, acabas de hacer un comentario muy desafortunado, ¿sabes por qué? Porque no se qué coños habrás olido en tu vida, pero te aseguro que el mío no huele a pescado. ¿Sabes a qué huele mi coño? A fruta madura, a sangre, a vida. Mi coño es sagrado. Y no te permito delante de mí, que menosprecies el olor del coño. Porque por chistes como éste venimos las mujeres arrastrando muchos siglos de represión. Ocultando nuestros flujos a l@s otr@s y a nosotras mismas. Por hombres y mujeres así hemos tratado nuestro cuerpo como si fuera sucio y estuviera enfermo. Tu chiste favorece a un sistema patriarcal y machista que ha destrozado la sexualidad de la mujer y la ha pervertido. Nuestros flujos son los ríos de la vida. Avergüénzate, sí, de hacer ese chiste. Y delante de mí, al menos, honra el olor sagrado que te dio la vida."

Respetémonos, mujeres, que no nos repriman más.

Y que la re-evolución del ser humano, empiece por aquí.

 

Mis dientes de leche

Se me ha caído el último lunar que tenía en la cara. Lo tenía en la frente, en el mismo lado que Brooke Shields cuando hizo El lago azul. Los lunares se pierden sin ninguna explicación, igual que los dientes. El otro día, no sé por qué, le dije a Nahla que pronto se le empezarían a caer. No se lo podía creer. Debe ser una cosa horrible enterarse así de algo tan extraño y tan fuerte, cuando no te lo habías planteado nunca.

Profundamente asustada me preguntó – ¿¡A la vez, mamá?!- Pobrecita, se imaginaba como nos vemos a veces en pesadillas, con todos los dientes en la mano de repente, la boca vacía.

Nada le consolaba. Lloraba. Ni lo del ratoncito Pérez, al que me quise agarrar sin mucha esperanza, yo que no le miento con nada, me parecía una estupidez mentirle ahora.

– Puedes guardar el diente y luego te compramos un regalo, una sorpresa.
– ¡No quiero guardar el diente mami! ¿Con sangre?

El cuento del ratoncito no le sirvió a Nahla en absoluto. Le daba pena por encima de todas las cosas perder sus dientes de leche.

– Ahora que estaba tan bien- seguía llorando mirándome, desconsolada - ¡me dices esto! - y se limpiaba los mocos y las lágrimas. Haciéndome culpable de todo.

Pobrecita. No se me ocurría nada que la salvara porque podía entenderla. Porque a mí no me pasó de niña y me estaba pasando de adulta. El impacto de saber que se te van a ir cayendo uno a uno todos los dientes de la boca y todas las muelas. ¿Cómo pudo ser que no me importara? Que me conformara con un cuento. Que no me enfadara.

– No te va a doler, Nahla. Te lo prometo. A todo el mundo le pasa.
– Oh, mamá…

Hoy he perdido un lunar de la frente. Era el lunar del lado derecho. Me lo miraba de niña cuando veía El lago azul y soñaba con vivir en una isla y tener unos ojos del mismo color del mar. Se me ha caído como una pequeña hojita de papel. No me ha sorprendido escucharme hablar sola en el ascensor al verlo desaparecer:

– ¡Oh! Mi lunar… mi lunar….
 




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