Ideas

Vergüenza

Lidia Caro

Le podría haber pasado a cualquiera. Toda la vida de enredos amorosos con/contra el género opuesto y de repente, enamoramiento épico, lírico y epopéyico con quien tiene la misma talla de vaqueros que tú. 

Y vaya, es un amor de esos por los que sentir orgullo, porque has dado con un ser de luz en medio de un apagón de fe en la humanidad, valga la hipérbole. Esa necesidad social que es la comunicación humana te impulsa a contarlo, gritarlo, regresar a la adolescencia y dibujar iniciales en una libreta, sin llegar a esconderlo del todo, porque sin dejarlo explícito, quieres que se sepa. 

Hasta aquí todo bien, pero ay, hay algo con lo que no contábamos: la vergüenza. La vergüenza autoinfligida, la autoflagelación por una vergüenza que nos impone el qué dirán, aún sabiendo que quien tiene algo que decir le importa bien poco, y que whatever a lo que diga. 

Por vergüenza, despedidas por las que realmente sentir vergüenza: una caricia seca, una mirada que encierra pena y lo amargo de esperar, sin éxito, un beso. La falsa y exagerada emoción por el juego de escondernos. Secretos, enfados, rechazos… 

Si llevamos 40 años de democracia en España, 10 de matrimonio homosexual y toda la vida en un ambiente socio-familiar tolerante ¿a qué viene el tartamudeo a decir “novia”, sin pronunciar apenas el sufijo flexivo “-a”? ¿Dónde está la potestad sancionadora que nos castiga por besarnos en las grandes avenidas? ¿Con qué justificación negar un beso?

Es fácil culpar a la heteronomía -no pun intended-. Fácil y vago. Sin ánimo de exculpar a las normas que nos vienen por la remota y eclesiástica herencia cultural, la vergüenza entra -en parte- en la jurisdicción de la autonomía y la moral personal. 

“Más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón”, escribió Cervantes. 

  

 

 




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