Ideas

Habit(u)ar el cuerpo

Sofía Mónaco

¿Qué es el cuerpo? ¿Un conjunto de órganos? ¿Un modo de organización de la vida? Cuando hablamos de cuerpo ¿nos referimos a un esquema corporal, a un estereotipo de cuerpo o a nuestro propio modo de aparecer encarnados en el mundo? ¿Hay cuerpo o expresión corporal? ¿El cuerpo es la carne dispuesta de un determinado modo o hay hábitos que modelan esa carne? ¿Qué ritmos componen mi cuerpo? ¿Son ritmos espontáneos o impuestos? ¿El trabajo, el espacio urbano, la educación, la religión, el Estado imprimen algún ritmo en mi cuerpo? ¿Mi cuerpo es mío o ajeno?

 

ORGANISMO

Sabemos que la biología moderna –y con ella todas las ciencias biomédicas- entiende al cuerpo como un todo organizado en una composición de órganos ligados por relaciones de ensamble. Pero si tenemos en cuenta las evidencias empíricas contemporáneas que señalan que el cuerpo no se define únicamente por sus órganos puesto que todo cuerpo se compone en relación con su medio ambiente, los márgenes que delimitan el cuerpo se vuelven sumamente difusos. Si el cuerpo no es meramente lo orgánico ¿qué es?

Gilles Deleuze, desde su lectura sobre la Ética de Spinoza, advierte que todo lo que existe en la naturaleza son complejos de relaciones, nodos en donde convergen series heterogéneas. En ese sentido todo lo que está vivo es un organismo compuesto por múltiples relaciones. Dichas relaciones están organizadas de tal manera que conforman un cuerpo. Llamamos cuerpo, entonces, a todo lo que está organizado (sea un cuerpo biológico, cuerpo político, cuerpo social, cuerpo económico, etc.).

Un cuerpo es algo plástico, cambiante, susceptible de ser alterado, ya que se entiende desde su potencia. La potencia de un cuerpo es todo aquello de lo que él es capaz de hacer, todas las relaciones que puede establecer con su medio ambiente. Todo lo que él puede, efectivamente, realizar. La potencia no es algo a lo que se aspira, no es lo que se pretende o quiere, sino aquello que alguien puede vitalmente. El cuerpo tiene un límite –que no es meramente orgánico- en tanto que hay un límite en lo que puede o no puede efectuar. No se elige cuál es el límite, el cuerpo tiene más o menos cantidad de potencia. Es más potente en tanto establece mayor cantidad de relaciones, o es menos potente si establece pocas o casi ninguna relación, el gradiente que indica su potencia se medirá en función de las relaciones que éste tenga. Es por eso que no sabemos de lo que somos capaces hasta que ponemos a prueba nuestro cuerpo, hasta que experimentamos. En la medida en que tengo experiencias advierto qué es lo que puedo y qué no. Deleuze retoma la pregunta de Spinoza (1980, p.28) “se trata de la pregunta «¿qué puede un cuerpo?». ¿Qué puedes en virtud de tu potencia? (…) Es la cantidad de potencia lo que distingue un existente de otro.” 

La auto-percepción está estrechamente ligada al modo en que definimos nuestro esquema corporal. Por lo tanto, primero existe un medio ambiente en donde convergen múltiples relaciones, y luego, a partir de él, aparece el cuerpo siendo funcional al mismo. He aquí el problema de la organización del cuerpo, muchas veces, como clausura y sometimiento de las fuerzas vitales. Si el medio que compone nuestro cuerpo es sobre-impuesto, la vida queda aprisionada en un cuerpo, en vez de ser el cuerpo una expresión vital. ¿Cómo hacemos, entonces, para desplegar nuestra vitalidad?

 

DES-ORGANIZACIÓN

En la meseta sexta de Mil mesetas (1980) Deleuze y Guattari abren el concepto de cuerpo al pensar el Cuerpo sin órganos (CsO). Explorar la tarea de hacerse un CsO, consiste en deshacer la idea de cuerpo organizado y delineado por un órgano -la epidermis-: esquema corporal propio de las ciencias biomédicas. Dichos autores acuden a la afirmación hecha por Artaud en 1947, en la que le declara la guerra a los órganos: "Pues atadme si queréis, pero yo os digo que no hay nada más inútil que un órgano". ¿Cómo pensar al cuerpo desde este registro? Dado que no es posible pensar un cuerpo vivo si no es en movimiento, ¿puede la noción de ritmo, como dimensión de la condición encarnada del cuerpo, explicar la categoría de CsO?

Si la vida no es la organización, sino lo que ocurre entre los organismos, es imprescindible pensar los ritmos vitales que atraviesan al cuerpo, pero ya no desde lo meramente orgánico sino desde la expresión, que exige siempre una comunicación con un medio ambiente, con todo aquello que altera la organización y da paso a la producción de nuevos modos de composición. En este sentido entendemos que aquello que desencaja la organización del organismo, es lo que le permite vivir. En el cuerpo, las afecciones espacio-temporales se manifiestan a través de gestos, y es justamente por ello que intentamos aquí pensar al cuerpo desde los gestos. A ese fin, será indispensable conectar este diálogo con la categoría de ritmo.

Si el cuerpo es una composición rítmica, será sumamente importante abordarlo desde una percepción háptica que comprometa registros heterogéneos sin circunscribirse a lo meramente orgánico y visual. La percepción óptica es la que tradicionalmente nos permite ordenar y reducir cualquier entidad a un conjunto organizado, a una clase específica con relaciones de sus elementos sobre impuestas. Tributarias del ocularcentrismo, las ciencias biomédicas han privilegiado el sentido de la vista al momento de pensar el cuerpo y, consecuentemente, lo cristalizan al ordenarlo en una disposición jerárquica: en orden de importancia de los órganos en relación al conjunto (esquema corporal). La biomedicina responde a una codificación reduccionista, que busca simplificar y esquematizar al cuerpo.  Adquirir una percepción háptica implica tener en cuenta todos los sentidos, no sólo la vista. Esto posibilita otra comprensión del cuerpo, y hace emerger una pregunta decisiva: ¿qué percibo cuando mi cuerpo está próximo a algo o a alguien?

Late el ritmo en todas las cosas, baila lo imperceptible en lo que percibimos. El movimiento es lo que vitaliza los cuerpos. El ritmo sincrónico de la respiración, el latido pausado del corazón, el parpadeo intermitente de los ojos, la articulación de sonidos que se convierten en oraciones, son algunos signos vitales en el hombre. Todos los movimientos se perciben hápticamente, es decir que, para detectarlos, se vuelve imprescindible exceder el sentido visual y estar atentos a las percepciones múltiples. Dado que el movimiento se realiza en el espacio, es necesario atender a nuestra relación con ese espacio, ya que determinará nuestros movimientos posibles.

Ahora bien, en los últimos siglos de Occidente, atravesados por la globalización y el capitalismo, tendemos a pensar el movimiento desde el tiempo cronológico. Diagramamos nuestros movimientos a lo largo de 24 hs., el tiempo debe rendir la máxima cantidad de movimientos posibles para poder ser capitalizado: en la vida cotidiana se temporizan los movimientos domésticos, del trabajo, de la escuela, del ocio, etc. Todas las relaciones con el espacio-tiempo tienden a ser medidas por ritmos impuestos.

Pensar al cuerpo como una complexión de hábitos corporales implica revisar los modos que adoptamos a la hora de movernos cotidianamente. Si somos cuerpo, repetir mecánicamente los movimientos impuestos por una forma de codificación es deshumanizarnos, mientas que elegir los modos en que nos movemos nos vitaliza. Félix Guattari en un artículo que sugestivamente titula Para acabar con la masacre del cuerpo (publicado en 1973 en la revista francesa Recherches n°12) advierte con agudeza que “a fuerza de retenciones, de éxtasis, de lesiones, de neurosis, el Estado capitalista impone sus normas, fija sus modelos, imprime sus caracteres, distribuye sus roles, difunde sus programas… Por todas las vías de acceso en nuestro organismo, sumerge en lo más profundo de nuestras vísceras sus raíces de muerte, confisca nuestros órganos, desvía nuestras funciones vitales, mutila nuestros goces, somete todas las producciones vividas al control de su administración patibularia. Hace de cada individuo un lisiado, cortado de su cuerpo, extranjero a sus deseos.”

Allí donde la percepción es próxima, cercana, el espacio no es visual sino más bien táctil, o bien el propio ojo tiene una función háptica. Desde este registro háptico, el ritmo es una zona de intersección entre el cuerpo y el medio ambiente. No obstante, como ya hemos señalado, muchos de los movimientos que realiza nuestro cuerpo están codificados por una lógica propia del capitalismo, que imprime en ellos una rutina determinada. Para pensar al movimiento más allá de estos ritmos sobre impuestos es necesario explorar ámbitos en donde se juegue la improvisación.

Como hemos mencionado ya, seguir hablando de “El cuerpo” remite siempre al esquema corporal propio de la biología clásica. Entonces elegimos referirnos a ese complejo de relaciones que analizamos a partir de los gestos, con la categoría de CsO. Éste excede lo meramente orgánico, pues su medio ambiente (social, económico, político, afectivo, etc.) también altera su naturaleza. El medio ambiente somete o libera al CsO según las líneas que lo componen. Será necesario cartografiar, adentrarse en rutas desconocidas, trazar nuevas líneas, explorar las superficies por las que circula el CsO para poder pensarlo en (y por) ese medio. El movimiento posee diversas velocidades y lentitudes. Llamamos a estos modos del movimiento, ritmos. El ritmo es la cualidad que tiene un CsO sometido al espacio-tiempo.

 

RITMOS VITALES

A veces elongo las palabras, otras veces las articulaciones. Un lugar que particularmente me permite pensar en movimiento es la Danza Contemporánea, uno –entre muchos- fenómenos actuales capaz de explorar los ritmos que nos atraviesan y permite (des)articular el cuerpo. Para comprender esta danza, tenemos que pensar que nace como expresión de ruptura con la Danza Clásica, en especial con el ballet. Mientras que la Danza Clásica requiere de una preparación en forma y técnica sumamente rigurosa, en la que se trabaja cada grupo muscular por separado, la Danza Contemporánea surge justamente como reacción a ese predominio de las formas homogeneizantes, que más bien cuadriculan al cuerpo. Es por ello que la Danza Contemporánea aparece como una liberación fundamental. La búsqueda de una alternativa a la estricta técnica del ballet clásico promueve entender al cuerpo como un flujo constante, imposible de separar en unidades discretas. Este estilo propone, ante todo, la expresión corporal con total libertad. Se puede expresar un concepto indefinido, proponer un ambiente, un terreno donde presentar movimientos improvisados. El respeto por la inclinación natural del cuerpo hace que no sea necesario el virtuosismo o cierto tipo de cuerpo que rinda físicamente. El rendimiento, así, ya no será –ni puede ser- pensado bajo esos parámetros. La Danza Contemporánea transgrede, y abre un nuevo espacio, en el que el cuerpo, ya no mortificado y encarcelado por las formas, se libera y experimenta la cesación a los imperativos siempre promovidos por el orden establecido. No hay estados discretos, sino que hay un flujo dinámico (el puro movimiento).

Bailar es un modo de explorar velocidades y lentitudes, es cartografiar ese espacio, crear ambientes nuevos, generar líneas de fuga. Si nuestro mundo es caótico, bailar sobre el caos es una manera de trazar rutas para que éste se vuelva más habitable. Tal vez los espacios de improvisación, en donde los movimientos se escapan de los ritmos habituales, generen modos terapéuticos para pensar (y sentir) al CsO, y también para dejarnos afectar por otros CsO. Modos que, en vez de clausurarnos, potencien la vitalidad. Por ejemplo, la danza terapia, creada por Maria Fux en Argentina (y desarrollada, posteriormente, por muchas escuelas) ha sido un método para tratar al CsO desde un campo ajeno a las biomedicinas tradicionales, pero con alcances muchas veces más amplios. Hay patologías que no pueden ser tratadas desde lo orgánico, sino que necesitan de un abordaje endo o exo-afectivo, que sí se habilita desde la danza. Hoy encontramos diversos espacios creativos que trabajan desde este encuadre, y tal vez sea sólo el comienzo de una subjetividad que se percibe desde un enfoque encarnado, es decir, teniendo en cuenta la materialidad del cuerpo y no meramente su forma. La danza, como expresión de improvisación del movimiento, siempre, libera una fuerza vital. Por eso bailar es un modo  de que el CsO se mueva por placer y no por utilidad, trabajo o rutina. Bailar es dejar de ser vos para volverte movimiento.

Retomemos nuevamente la pregunta de Spinoza: «¿qué puede un cuerpo?» Agregamos también: ¿cómo generar relaciones que potencien la capacidad del CsO? Todavía no lo sabemos. Pero, desde ya, la danza da herramientas que se ponen al servicio de la exploración del CsO, sin necesidad de segmentarlo, y priorizando la vida antes que la organización de ésta. Si todo lo que está vivo tiene un ritmo, será clave revisar los ritmos vitales que nos componen diariamente, y administrar nuestras energías en función de la potencia del CsO, para no ponerla al servicio de sistemas de dominación -económicos, sociales o políticos- ajenos a éste. Reconocer que el modo en que componemos nuestro CsO y las afecciones que nos conectan con otros cuerpos es político nos permite reapropiarnos de ése cuerpo que los sistemas muchas veces nos roban. Hacerse un CsO implica deshacerse de cierta organización, de ciertos gestos o hábitos corporales impresos en nuestra carne -a la cuál modelan-, para comenzar a expresarnos desde un movimiento más espontáneo.




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