Ideas

Ficciones cíclicas o la ficción de ser mujer

Verónica Reyero

Para la cantidad de anticonceptivos que consumimos, ¡qué poco sabemos de ellos! Hace poco más de un año una demanda interior y una necesidad académica me llevaron a interesarme por los anticonceptivos hormonales: una ingeniería de estrógenos y progesteronas sintéticas en forma de píldora, aro, parches o inyecciones, que introducimos en nuestros cuerpos y que se convierten en parte de ellos… Desde allí, se comportan como verdaderos colonizadores: inhiben nuestra fertilidad  y nuestros ciclos sexuales y los sustituyen con una suerte de ficciones regladas, parametrizadas, guiadas por el calendario y orquestadas con las alarmas del móvil, que nos recuerdan que es la hora de tragar (otra pastilla). 

Había escuchado hablar de los anticonceptivos como un elemento clave en la liberación sexual de la mujer. Cuál fue mi sorpresa cuando aprendí que su nacimiento nunca estuvo ligado a un proyecto político anticonceptivo, ni a una demanda feminista. Por el contrario, los fondos llegaron de familias blancas, católicas, eugenistas que querían ejercer un control demográfico. ¿Se podría controlar la reproducción de las mujeres? Era un experimento ambicioso y requería un gran laboratorio. Los cuerpos de las mujeres de Puerto Rico y Haití (ficciones encapsuladas) fueron las primeras en servir de probetas in vivo. Pincus, uno de los creadores de la primera píldora lo llamó Jaulas de mujeres vulnerables.

Pero estas ideas no eran muy populares y con esa carta de presentación no habrían sido bien acogidas. Las megaestructuras de producción de ficciones se encargaron de hacernos sentir a todas en un carnaval sin contarnos el enmascaramiento de ideas que se había llevado a cabo. Por ejemplo, en 1995 Naciones Unidas cambió el concepto de control demográfico por el de Derechos sexuales y reproductivos. Pasó de ser una idea de control colectivo a un derecho individual. La pelota estaba en nuestro campo. Somos libres de decidir.  

Y desde entonces muchas mujeres han elegido consumir anticonceptivos hormonales con distintos objetivos: la más obvia es para controlar su reproductividad. Pero también hay quien las toma por problemas de acné, por dolor o para regular su menstruación… ¡Eh!.. Un momento. Pero si estos productos SUPRIMEN LA OVULACIÓN, ¡¿Cómo es posible tener la menstruación?! Bueno, eso fue otro gran descubrimiento para mí. 

Resulta que la primera píldora anticonceptiva que se desarrolló no obtuvo el permiso de comercialización por parte de la FDA (Food & Drug Administration) porque eliminaba por completo las menstruaciones. Esto era intolerable en la América de los 50, dónde la recién aparecida noción de género cuestionaba el binarismo sexual y en la que la menstruación era un elemento central en la construcción de lo que significa ser mujer. Los anticonceptivos no podían quitar la regla. La única solución viable que encontraron los investigadores fue elevar la cantidad de hormonas y añadir periodos de descanso en la toma. De ese modo, el cuerpo acostumbrado a recibir su chute diario de hormonas, reaccionaba cuando no las recibía con un sangrado por abstinencia (lo que viene siendo tener mono), formalmente conocido como sangrado por deprivación. Los anticonceptivos ya tenían regla. Ahora sí, la píldora que provocaba ficciones reguladas de menstruación podía ser comercializada. Actualmente, esta misma píldora es la que toman gran parte de las mujeres en tratamiento con anticonceptivos. 

Es decir, que cuando una niña, adolescente, o mujer acude al centro de salud y cuenta que tiene ciclos irregulares, y la solución que le dan es una receta de anticonceptivos hormonales, la situación se torna algo surrealista. Realmente no le están ayudando a regular sus ciclos naturales, sino más bien, paralizando su ovulación y creándole una ficción de mujer completa, con una menstruación perfectamente cíclica.

A las mujeres nos siguen llegando mensajes de que tenemos que funcionar más como un reloj, y menos como una bomba de relojería. Se nos requiere cíclicas, pero no inestables. Nos dan la libertad de elección, con toda la responsabilidad que trae, pero nos dejan huérfanas de fuentes de información desinteresadas. Porque, a fin de cuentas, nuestros cuerpos siguen siendo muy rentables.


No pretendo en este texto posicionarme a favor ni en contra de los anticonceptivos hormonales. Creo que no existe una talla única, y que para cada mujer en cada momento existen distintas respuestas. Sí pretendo abrazar desde aquí a cada una de esas mujeres que con proeza se preocupan por ellas mismas, se informan, se cuidan y deciden libremente hacer de sus cuerpos un templo sagrado. 

 




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