Ideas

El amor libre puede ser responsable

Juan Pablo D' Orto

Al principio parece que uno está del lado minoritario de una batalla entre los que quieren encontrar a una persona y casarse y los que no, que quieren establecer relaciones afectivas y/o sexuales con varias personas al mismo tiempo.

- ¡Pero eso es una irresponsabilidad! - Te gritan.

- ¡No! ¡Las formas de relacionarse de a dos personas están obsoletas! - Uno responde, revolucionario y orgulloso.

En mi caso empezó hace cinco años.

La charla para abrir la pareja. 

El vértigo. 

Las primeras relaciones. 

Más vértigo. 

La felicidad de tantos afectos diferentes.

El salir del clóset poliamoroso.

Recalcular ante los problemas que no nos imaginamos. 

Plenitud. 

Gorro, bandera y vincha. 

El fervor religioso pro-amor-libre.

“Las cosas están cambiando en el mundo, y nosotros los poliamorosos estamos cambiando las normas de la sociedad. ¡Sí!, esas normas mayoritarias que dicen que una persona está destinada sólo a estar con otra de forma exclusiva.” - Decía yo .

Los que reaccionaban en aquel momento eran de dos bandos bien definidos: uno, los que te decían que mientras seas feliz está todo bien. Y otro, que te atacaba furibundamente.

Aquí fue otro de esos momentos en los que me equivoqué completamente con respecto a cómo el status quo reaccionaría ante el amor libre.

Es cierto que el Opus Dei probablemente nos mande sicarios en algún momento. Pero el grueso de las filas de los anti no está compuesto por monogámicos tradicionalistas, sino por infieles practicantes.

¿Cómo me olvidé de esa parte? ¿tan ingenuo iba a ser como para olvidar algo tan antiguo y establecido como el engaño?

Hoy parece obvio: la norma no es la monogamia, no es el resguardo de la exclusividad, aunque hoy esté escrito por muchas leyes muertas. La norma social es decir que uno es monogámico y luego ser infiel, y ésto también decirlo, pero frente a otros oídos.

Por supuesto que los que pretendemos libertad para sí y para nuestras parejas compartimos el ridículo que también sufren los que creen y practican la exclusividad. Véase la interminable caterva de chistes sobre “engañar a la bruja” o “de la muerte y de los cuernos no se salva nadie” que hay en reuniones de amigotes, salidas de chicas y congresos de trans. La complicidad sobre la infracción es moneda corriente. Es común tirarse una cañita al aire y contarlo con sorna y festejo: “Nadie se dio cuenta”. Es tan necesario contarlo para algunas personas que uno termina pensando qué es lo principal y qué lo accesorio entre la infidelidad y la compinche charla posterior.

Además de establecer una norma sobre el engaño, la sociedad crea cielos e infiernos.

En el cielo social están los que tienen una doble vida establecida y perfectamente oculta. El amante de la doctora en el círculo profesional al que nunca entrará su marido, o el gato hecho y derecho con bulo aparte que se garpa el gerente de industria.

Está muy claro quien está en el infierno: el engañado, el que pierde, el cornudo, el “cagado”. No por algo a la infidelidad se la llama “cagar”. Y últimamente en algunos estratos sociales el infierno es también habitado por el que no engaña a su pareja comúnmente adjetivado “boludo” o “boluda”.

La entrada del amor libre en el campeonato no colaboró en cambiar la puntuación de la tabla salvo para habilitar el libro de pases al infierno con un nuevo integrante: el poliamoroso. Que a fin de cuentas para el chisme social es uno que coje con más de una persona, pero termina sufriendo en vida una especie de tortura dantesca que implica saber que tal vez en este momento, mientras está escribiendo un artículo para entregar a una revista, un conjunto de submarinistas rusos está inseminando a “su mujé”.

Definitivamente, si alguien quiere que su forma de relacionarse pase a ser objeto de burla y cuestionamiento, sólo debe mencionar dos frases: “ yo respeto a rajatabla la fidelidad en mi pareja “ o “yo me relaciono sin exclusividad entre mis parejas”.

Cualquier cosa ambigua que no declare principios y comportamientos será buena y pasará. No, espere, no estoy queriendo decir que usted tenga que ser una Constitución caminante. Estoy queriendo decir que hoy lo normalizado y aceptado es que en las relaciones lo que se habla a luz del día no vale tanto, ya que siempre viene acompañado del “lado B”.

Las personas que se dedican al amor libre también sufren de esos engaños. Hay quienes te dicen que quieren libertad, pero en la práctica sabotean a tus otras relaciones mientras ellos disfrutan de su “merecido” amor libre. Y eso es también una forma de farsa y engaño.

No hay nada que hacer: el traje muy grande queda tan feo como el traje muy chico.

Años después de ponerme todos los pines y banderas, me di cuenta de que la mayor responsabilidad en las relaciones - sean cuales sean - es que se vivan en un contexto de equidad entre sus miembros.

Sea la exclusividad o la libertad, lo justo es que esté para todas las partes involucradas y con su pleno consentimiento y acuerdo.

Lo malo es que perdimos si queríamos inventar algo nuevo.

Lo bueno es que nuestra revolución la pueden hacer tanto los poliamorosos como los monogámicos, las parejas abiertas y los swingers, los asexuales y los hipersexuales. Bajón que sea tan difícil.

(Juan Pablo D'Orto colabora en Amor Libre Argentina)




« Volver