Ideas

De cuando alcanzamos la roca

Carla Santángelo

Conocimos a Heiner en su casa de El Molino, un barrio de Trujillo. Iba a hospedarnos un par de noches mientras nosotras visitábamos la ciudad. Nos saludó y siguió haciendo sus cosas. No supimos muy bien cómo tomar aquel gesto, así que nos fuimos a dar una vuelta. Cuando llegamos, nos trasladamos tímidamente cerca de donde estaba sentado, cortando un pedazo de algo que parecía cuerina, y tuvimos la primera charla.

Se había mudado a Trujillo desde Jaén, su ciudad natal, para estudiar Ingeniería Industrial. Estaba casi terminando y en unos meses presentaría su tesis. Era un aficionado a los deportes de aventura, algo raro de encontrar por esos lares. Había empezado a practicar escalada y sandboarding, pero si algo nos sedujo particularmente de él fue que se dedicaba a explorar montañas. Rastreaba mapas de Perú buscando cimas y lugares vírgenes. Sentadas con él alrededor de la mesa del comedor, abríamos la boca con cada paisaje que nos enseñaba en las fotografías de sus viajes.

Hubo una reacción unánime por nuestra parte cuando Heiner nos mostró las fotos del Cerro Guitarra. Era como ver un paisaje planetario, con la luna de fondo. Aparecía él, tumbado sobre una roca plana sujeta sobre el precipicio. Nos explicó el fenómeno que hacía aquello tan especial: la neblina subía hasta los setecientos metros sobre el nivel del mar. Todos los puntos de las montañas que superaban esa altura, quedaban como flotando sobre las nubes. La roca estaba a ochocientos cuarenta metros.

Queríamos ir. Queríamos dormir allí y que nos guiase el explorador de montañas. Así que por la noche le transmitimos nuestro deseo de llegar a la roca. Divagamos un buen rato sobre las dificultades que suponía hacer esa ruta sin experiencia. No era una caminata muy larga, pero no había sendero y el terreno era muy inestable. Después de insistirle un rato, Heiner aceptó. Nos acompañaría y tendríamos el privilegio de ser las primeras extranjeras en subir. Al menos según los registros.

 El camino hasta la roca

Por la mañana, preparamos nuestras mochilas y viajamos en coche hasta el pie de la montaña. Pasamos las dunas y recorrimos el primer tramo: una planicie pedregosa; un paisaje marciano. Los cerros, enfrente, imponían silenciosamente varias horas de ascenso. Era mejor no pensar en la subida y disfrutar. Todavía teníamos humor para contar anécdotas.

Heiner señaló con el dedo el Cerro Guitarra. “Ahí vamos”, dijo, mientras saltaba sin esfuerzo los montículos arenosos en los que nosotras nos quedábamos encalladas. Caminamos una hora siguiendo la quebrada. Después del primer descanso, empezamos el ascenso. Fue en ese momento cuando fuimos verdaderamente conscientes de que aquello nos iba a costar.

Los momentos de charla fueron disminuyendo. Los sentidos estaban puestos en no caer. Tramo a tramo, la ruta se hacía más compleja. Podíamos parar a tomar agua y a comer algo. O aprovechar para observar cómo las águilas planeaban y se lanzaban en picado por las laderas. Pero no podíamos demorarnos mucho. A las seis se haría de noche y habíamos empezado a caminar a la una de la tarde.

*

Solo escucho el sonido entrecortado de mi respiración. La boca se me seca con cada toma de aire. El pecho no se ensancha lo suficiente. Agarro la piedra y me aseguro de que no se desprenda ningún pedazo. Entonces subo el pie y doy el otro paso. Mantengo la cara casi pegada al suelo. Noto que la mochila me tira hacia atrás. Tengo vértigo y miedo de caerme. Intento no tener pensamientos con más proyección que la de un segundo por delante: “Ahora un pie. Ahora otro pie. No mires abajo. Sigue. Tampoco mires arriba. Comprueba que no se desprenda esta roca. No toques eso. Sigue subiendo”.

*

El explorador de montañas, al que había empezado a llamar “H” sin recibir reproche alguno por su parte, nos observaba desde lo alto mientras intentábamos, sin éxito, seguirle el ritmo. Era evidente que la montaña era su medio natural, se movía con agilidad y buscaba el camino más sencillo. De vez en cuando agarraba los frutos de un cactus y se los llevaba a la boca, expresando su alegría por haber encontrado algo de comida. Aprovechaba, entonces, para contar la historia de cómo se había perdido en otro viaje y hacernos saber que algunos de esos cactus contenían una buena cantidad de agua y resultaban un buen recurso en situaciones extremas.

El cielo se había despejado y empezamos a sentir el calor como un impedimento más. Aquel tramo estaba siendo el más desmoralizante. Entre las piedras crecía una planta pegajosa y resbaladiza que no facilitaba las cosas. Para entonces ya habíamos sufrido un par de resbalones. Tratábamos de esquivar las telas de araña que proliferaban con la altura. Trescientos metros nos parecían kilómetros. H sonreía con nuestras quejas. Paradójicamente, cuanto más avanzábamos, la roca parecía alejarse. 

*

Tengo una deuda con el cuerpo. Una parte de mí disfruta de este cansancio. Siento, en algún lugar hasta ahora desconocido, la capacidad de seguir. No rendirme, eso es lo único que quiero ahora. Observo el vuelo de los pájaros como método para despegarme del suelo.

Recuerdo las palabras del turista alemán al que me crucé en la ruta hacia la laguna: “Don´t give up”. Me repito la frase como un mantra y lo hago en inglés. Así parece que no soy yo la que habla y la voz adquiere un carácter ajeno que la hace más creíble.

Don´t

give

up

*

Durante el último tramo, aunque estábamos agotadas, todo tomó otro dinamismo. La maleza ya no nos retenía los pasos. Prácticamente tuvimos que escalar, sorteando las rocas más difíciles. H iba y volvía traduciendo las coordenadas. La roca, que hasta ahora se alejaba por nuestra visión distorsionada, quedaba ahora a una distancia prudencial. Era una cima particular pero por fin, alcanzable.

Después de cinco horas de ascenso, habíamos llegado a la roca. Ya no era solo un mito. Era verdad y era nuestra. Mientras H aprovechaba para tomar fotografías y se comportaba como si aquello fuera una situación cotidiana para él, nosotras nos descalzábamos, nos sentábamos, sucias y magulladas y nos asomábamos al paisaje. Estábamos tumbadas, por fin, sobre la roca. Después de todo el camino y justo antes de que anocheciese, pudimos quedarnos a mirar cómo la neblina lo cubría todo.

Aquella noche íbamos a dormir sobre las nubes. Lo haríamos escuchando las confesiones de H, que le había tenido miedo a todo y que ahora, nos había guiado mientras perdíamos el miedo a nuestras falsas limitaciones. 

*

Empiezo a entender esa sensación que se tiene con el ascenso. El secreto que contiene la montaña. Yo, que soy de mar y solo tuve que mirar horizontes. Empiezo a comprender el hecho de no rendirse. El acto de alcanzar, de llegar, de sentarse a contemplar un logro, de sentir el cuerpo abatido, más lleno de conocimiento. Ha valido la pena cada rasguño. Sobre todo en ese momento, con los pies colgando y las cimas de los cerros alrededor.




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